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martes, 8 de abril de 2014

LA CONSULTA EN CATALUNYA NO ES CUESTIÓN DE LEGALIDAD, SINO DE VOLUNTAD

Esta tarde se debate en el Congreso de los Diputados español una propuesta del Parlament de Catalunya sobre ladelegación en la Generalidad de Cataluña de lacompetencia para autorizar, convocar y celebrar un referéndum sobre el futuro político de Cataluña.  
Lo de que ‘se debate’ es un decir. El PP y el PSOE anunciaron hace tiempo su posición común para votar en contra y su negativa a hablar -más allá del mínimo exigible para rechazar la propuesta en el Congreso- del tema. Que no y no.  Y que además es ilegal e inconstitucional.



Pues no, ni lo uno ni lo otro. La propuesta es perfectamente legal y puede ser, si hay voluntad, perfectamente constitucional. Sería más sencillo, y sincero, si simplemente dijeran que para ellos la unidad indivisible de la que habla la constitución española está por encima de todo y de todos. No solo de los catalanes, que eso está quedando claro, sino de los propios 'españoles'. Es una cuestión de pura voluntad y de posicionamiento político. La propuesta no saldrá adelante y no habrá delegación en la Generalitat de la competencia para autorizar, convocar y celebrar un referéndum sobre el futuro de Catalunya simple y llanamente porque el nacionalismo español no quiere. Sí, ese que no existe.

Es cierto que la Constitución, en su artículo 149.1.32, reserva al Estado la autorización de la convocatoria de consultas populares por vía de referéndum. Y así lo establece también la Ley Orgánica 2/1980, de 18 de enero, sobre regulación de las distintas modalidades de referéndum.  ¿Por qué no convoca, pues, el gobierno de Rajoy la consulta? ¿Porque la ley lo impide? No, porque no quiere.

Además, el artículo 150.2 de la Constitución permite al Estado transferir o delegar en las comunidades autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a una materia de titularidad estatal que por su naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. Y esto exactamente es lo que pide el Parlament en la iniciativa que sus delegados defenderán hoy en el Congreso. De nuevo, ¿impide la ley la consulta? No. Lo impiden, en este caso, los votos del PP y el PSOE. ¿Por qué? Porque no quieren.

Sí, la Constitución habla de indisolubilidad de la ‘nación española’. Pero antes establece que el sujeto de la soberanía nacional es el pueblo, no la propia Constitución. ¿Prohíbe la Constitución la consulta? No, bastaría con la voluntad del ‘pueblo español’ –o de sus representantes- para que fuera perfectamente constitucional. Nuevamente: no habrá consulta porque no se quiere.

La consulta o no consulta en Catalunya, o en Euskadi, o donde sea, no es cuestión ni de legalidad ni de constitucionalidad, es un problema de voluntad. De voluntad, de democracia y de respeto. Voluntad propia y ajena; práctica democrática y respeto por los demás.


En el fondo, la cuestión radica en la existencia de un nacionalismo español excluyente, antidemocrático y autoritario que recorre las venas tanto del PP como del PSOE. No hay consulta, no hay ejercicio práctico de democracia, porque los que se sienten españoles no quieren.  

viernes, 11 de enero de 2013

EMPECEMOS POR LA CLARIDAD (CONTESTANDO A PATXI LÓPEZ)

Es evidente que no ha sido Patxi López el que ha escrito, de su puño y letra, el artículo publicado en El País. A pesar del antinacionalismo vasco que supura, de la prepotencia condensada y de la clara superioridad en que se ve a si mismo, el escrito no es del lelo de Coscojales. 
Aún así, al analista político (y en este caso también "negro" o "prostituto", por prestar su pluma a firma ajena)  le ha salido un churro vago, falaz y absurdo. 
Espero que con los retoques quede algo mejor.  

Conviene ir haciéndose a la idea. Los votantes nacionalistas (no españoles) de Euskadi y Catalunya no solo no han disminuido desde la transición, sino que además actualmente los parlamentos de ambas CCAA cuentan con, en el peor de los casos, 2/3 de representación nacionalista no española. No se han conformado con aceptar el juego de recoger las migajas que el gobierno español les iba dando, sino que siguen exigiendo el  derecho a decidir por si mismos que como sociedades adultas les corresponde, tal y como hacían sus padres y abuelos.  Tras ser mayoría durante todos los períodos democráticos y gobernar durante la mayoría de ellos, quieren dejar de estar subyugados a la minoría españolista que impone su visión por la fuerza del estado. Ejercito incluído.



Conviene ir haciéndose a la idea. Los nacionalistas españoles que viven en Euskadi y Catalunya jamás aceptarán una democracia en la que ellos no impongan su visión. Nuestros españolistas en Euskadi y Catalunya siempre han esperado que el tiempo y un autogobierno incompleto e incumplido templasen las ansias de libertad que pudieron ilusionarse en los primeros años del postfranquismo. Han roto definitivamente el velo de ambigüedad con el que se movieron durante los primeros años de recuperación de la democracia, cuando por ejemplo parte de lo que hoy es el PSE pedía el derecho de autodeterminación, para volver al planteamiento de la Una, Grande y Libre de sus padres y abuelos. Tras haber fracasado en la imposición de su universo referencial desde el poder alcanzado mediante ilegalizaciones y mentiras,  han determinado ahora que no teniendo forma a medio plazo de dominar Euskadi y Catalunya, es necesario destrozar el sistema.


Esta es la realidad que vamos a tener que gestionar quienes defendemos un Estado propio en el que la voluntad de decidir lo que somos, con iguales derechos que los nacionalistas españoles, haga compatible, por primera vez hasta ahora, el reconocimiento efectivo de las diferentes identidades nacionales que existen en su seno. La colisión anunciada por Artur Mas entre los barcos de la legitimidad de la mayoría parlamentaria catalana conformada por CiU y ERC y la imposición constitucional va producirse inevitablemente. Y no por fatalidad, sino porque las dos fuerzas principales del nacionalismo español han decidido propiciar ese desgaste del sistema democrático para llevar a la práctica un designio de unidad en lo universal que llevan inscrito en su ADN.